Diagnóstico
Me meto adentro: cocina, salón, la hora pico. Miro cómo se mueve tu gente, dónde se traba todo, qué decisiones te terminan cayendo siempre a vos. No te mando un formulario: lo veo con mis ojos.
Treinta años adentro: cocina, sala y dirección. Dirigí la apertura gastronómica del Hyatt Centric y fui parte del equipo inaugural del Conrad Hilton. Hoy encuentro la plata que se te está yendo sin que la veas.
Ordenar un negocio no es opinión. Son números.
No traigo un método cerrado para aplicarte encima. Parto de tu realidad concreta, no de la teoría. Misma lógica, tres etapas, siempre a tu medida.
Me meto adentro: cocina, salón, la hora pico. Miro cómo se mueve tu gente, dónde se traba todo, qué decisiones te terminan cayendo siempre a vos. No te mando un formulario: lo veo con mis ojos.
Diseño los procesos de lo que mueve el negocio: cómo se abre, cómo se sirve, cómo se compra, cómo se contrata. Después lo trabajo con tu equipo hasta que entienden el porqué y lo ejecutan sin que estés mirando.
Mi trabajo termina cuando el negocio anda bien sin vos adentro. Primero tu equipo ejecuta, después decide dentro de criterios claros, al final mejora el sistema por su cuenta.
Antes de poner el primer peso valido si el negocio cierra: concepto, carta, costos, equipo y forma de trabajo. La forma más barata de ordenar un negocio es no desordenarlo nunca.
El desorden no se ve en la caja, se ve en el resultado: compras sin control, un canal que cuesta más de lo que creés, platos que se venden por debajo de lo que cubren. Empieza por un diagnóstico, que también podés contratar solo. Después viene la reestructura.
El contador te dice cuánto ganaste. No te dice dónde se fue. Un gerente a sueldo ejecuta el sistema que ya existe: si no existe, lo va a improvisar igual que vos.
En un restaurante que analicé este año ninguno de los dos socios se había asignado nunca un sueldo. El negocio ya venía pagando una dirección, solo que la pagaba con trabajo no pago de ellos. Diseñar el sistema es un proyecto con final. Sostenerlo después ya es trabajo de tu gente.
Una pastelería con producto ganador y demanda en alza, creciendo 76% en el trimestre, sin saber cuánto le dejaba cada venta. El diagnóstico mostró que el 39% de la facturación venía de la app de delivery y que ese canal se llevaba 14,1% de la venta total en comisiones.
Una cadena de sushi con cinco locales. Se costearon los 68 productos de la carta con receta, merma y packaging real, y se cruzaron con las unidades vendidas del semestre. El costo teórico del mix daba 16,5%. La mercadería real del P&L daba 30,2%.
Un restaurante de Rocha que venía creciendo temporada a temporada. Comparadas 2024 y 2025, cada línea de la estructura crecía más rápido que la venta. Además, ninguno de los dos socios se había asignado nunca un sueldo, así que el resultado aparente estaba inflado por trabajo de dirección que el negocio no pagaba.
Pizzería de veinte años con reparto propio, dos vacantes abiertas y un dueño resolviendo cada búsqueda de personal a mano. Entregaba en 30 minutos y había llegado a una hora y media en el pico. El diferencial del negocio lo estaba comiendo la falta de sistema de personal.
Un negocio entre socios donde la cercanía hacía imposible poner reglas. Tres renuncias en un mes en puestos clave, sin contratos ni reglamento firmados, y los dueños cubriendo turnos en lugar de dirigir. Entré para ser yo el que pone las reglas y dejar por escrito cómo se trabaja.
[CITA TEXTUAL]
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Para el que decide su carta, sus precios y su equipo. Puede ser una cadena de cuatro locales o alguien que abre su primer local con capital propio: lo que importa es que haya alguien con poder de cambiar las cosas. No trabajo con franquicias ni concesiones, donde la carta y el precio vienen puestos desde afuera. Ahí no hay margen para ordenar nada.
Al revés: el objetivo es sacarte trabajo de encima, no sumarte. El trabajo pesado de diseñar el sistema lo hago yo; a vos te toca decidir y validar. Al principio hay que poner energía en aprender lo nuevo, pero todo apunta a que termines trabajando menos, no más.
Es lo más normal del mundo. Por eso no impongo nada desde afuera: lo construyo con tu equipo. Les muestro el porqué de cada cambio y los hago parte. Cuando el equipo lo entiende y lo siente suyo, deja de resistir y empieza a sostenerlo.
La pregunta no es cuánto cuesta ordenarlo, es cuánto te está costando el desorden. Ya te cuesta: plata que se fuga sin que la veas, horas tuyas que no recuperás, gente que entra y se va. Mi trabajo se cotiza según el alcance de cada caso.
Sí. Presencial, remoto o híbrido, según el caso. El diagnóstico tiene siempre una parte presencial: hay cosas que solo se ven estando adentro. Si estás fuera de Montevideo, lo armamos para que funcione igual.
Una llamada de 40 minutos, sin costo y sin compromiso, para entender qué te está pasando. Si tiene sentido trabajar juntos, sigue un diagnóstico. Y nada empieza sin un acuerdo firmado, con alcance, plazos y honorarios claros.
Por eso vive al borde. Por más talento que haya en la cocina, sin sistema no hay rentabilidad. Eso es lo que resuelvo: instalo el método que falta. Y cuando un negocio se ordena, gana todo el que trabaja ahí: el dueño recupera la cabeza y el tiempo; el equipo gana rumbo y un lugar donde da gusto trabajar.
Más de 30 años en gastronomía, desde el bar, la sala y la cocina hasta la dirección. Dirigí alimentos y bebidas en la apertura del Hyatt Centric, con más de 50 personas a cargo. Integré el equipo inaugural del Conrad Hilton y, con mi empresa, llevé el servicio gastronómico de la reapertura del Teatro Solís con Allegro Café. Y abrí mi propio café de especialidad.
Empecemos por una charla de 40 minutos, sin compromiso. Te digo lo que necesitás escuchar sobre tu negocio, no lo que querés, y vemos cómo hacer que trabaje para vos, no al revés.